Ciudad de México. 06 de Marzo del 2021. – Hace un poco más de 20 años era común ver una clara separación entre niñas y niños en los patios escolares. Era muy poco frecuente que jugaran juntos y que estuvieran incluidos todos en las fiestas de cumpleaños. Mucho más raro era que un niño visitará la casa de una niña para pasar una tarde de juegos. Hasta antes de la llegada de la pandemia, en muchos colegios y hogares mexicanos estas barreras prácticamente habían desaparecido; es decir, niñas y niños realizaban las mismas actividades, por ejemplo, lúdicas y deportivas, mientras que la convivencia era a la par tanto dentro, como fuera de sus escuelas.

“Es un avance porque implica que las niñas están caminando a la par de los varones que ya ni si quiera se cuestionan por qué ellos están jugando con muñecas o ellas futbol. Es parte integral de la vida.  Este pequeño ejemplo es un paso enorme porque estas niñas (y los niños) deberán crecer en igualdad de condiciones, ya sin cuestionarse si uno u otro tendrá las mismas oportunidades, porque son iguales, son inconscientemente incluyentes, lo tienen ya grabado desde la infancia”, sostuvo la Dra. Claudia Sotelo Arias.

Aunque estos escenarios no son tan frecuentes como deberían serlo (se presentan en primarias privadas y algunas públicas o cuyo modelo educativo es activo y en los colegios Montessori), es una manera de empoderar emocionalmente a las niñas que eventualmente podrían enfrentar escenarios de violencia y discriminación: “Dotar de recursos emocionales a las niñas y vivir en ambientes familiares incluyentes, generará mujeres que podrán explotar sus talentos y capacidades al máximo y con una salud mental plena, no obstante los entornos sociales y laborales a los que se enfrentarán”, dijo.

Con base en información de la clínica CEEPI, la Dra. Sotelo Arias dio a conocer las características de las familias que están empoderando emocionalmente a sus hijas, aún sin ser conscientes de ello:

Sus padres son totalmente incluyentes. Nunca se cuestionan el género ni los roles. Ven a sus hijas como personas completas e integrarles y les brindan recursos afectivos para que tengan éxito en las actividades que emprendan, sin importan a lo que se vayan a dedicar y cuál sean sus preferencias o pasatiempos.

Si perciben algún tipo de discriminación hacia sus hijas suelen reaccionar con mucha determinación y coraje. No vislumbran un mundo con diferencias entre unos y otras.

Claro que enseñan a sus hijas a cuidarse de situaciones de peligro o posibles escenarios de abuso sexual, al igual que lo hacen con los varones.

Estas niñas gozan de ensuciarse en el lodo y en la tierra cuando van al parque, porque sus padres saben que esa es una parte fundamental de la infancia.

Refuerzan su autocuidado y su autoconcepto sin hacer una diferencia entre ellas y ellos.

Están conscientes de los riesgos de inseguridad que existen en México, que igualmente aplica para niñas y niños; sin embargo, no por eso les inculcan una visión temerosa de la vida. Al contrario, son padres realistas, pero con una visión positiva en todos los sentidos.

En las casas, los roles y actividades se reparte sin importar el género: cocinar, lavar ropa, hacer el quehacer; mamá y papá son el primer ejemplo de ello.

No hay juegos de niños y de niñas. Todos están incluidos, si quieren participar, todos están invitados.

Las niñas siempre son escuchadas. Desde que nacieron tienen voz y voto, aunque siempre hay respeto y disciplina tanto con sus padres como con sus hermanos y viceversa.

Son familias que funcionan armónicamente con relación a los afectos, los valores, las responsabilidades, las expectativas, y en el cumplimiento de sus obligaciones. En estos hogares la comunicación fluye de forma constante y natural.

Para concluir, la Dra. Claudia Sotelo Arias explicó que el cambio que se está presentando en algunas familias mexicanas se ha dado de manera gradual, sin embargo, precisó que es necesario fomentarlo para evitar la cultura del machismo: “y sólo puede darse si participan las familias, los colegios y la sociedad en general. Eso sí, una sociedad incluyente necesariamente debe basarse en familias incluyentes que propaguen oportunidades para todos. Con certeza esto erradicaría en gran medida el flagelo de la violencia de género en el país”; concluyó la especialista.

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