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domingo 04-Jun-2023
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    Vivir en un país violento puede acortar hasta 14 años la vida

    Fecha:

    Por Europa Press

    La investigación revela una relación directa entre la incertidumbre de vivir en un entorno violento, incluso para quienes no están directamente implicados en la violencia, y una «doble carga» de vidas más cortas y menos predecibles.

    Según el estudio, las muertes violentas son responsables de una elevada proporción de las diferencias de incertidumbre a lo largo de la vida entre países violentos y pacíficos. Pero, según el estudio, «el impacto de la violencia en la mortalidad va más allá de acortar vidas. Cuando se pierden vidas de forma rutinaria a causa de la violencia, los que quedan atrás se enfrentan a la incertidumbre de quién será el siguiente».

    El autor principal del estudio, el doctor José Manuel Aburto, del Centro Leverhulme de Ciencias Demográficas de Oxford y de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, añade que «lo más sorprendente es que la incertidumbre a lo largo de la vida está más relacionada con la violencia que con la esperanza de vida. Por tanto, la incertidumbre vital no debe pasarse por alto al analizar los cambios en los patrones de mortalidad».

    Utilizando datos de mortalidad de 162 países y el Índice de Paz Interior entre 2008 y 2017, el estudio muestra que los países más violentos son también los que presentan una mayor incertidumbre vital. En Oriente Medio, las muertes relacionadas con conflictos a edades tempranas son las que más contribuyen a ello, mientras que en América Latina, los homicidios y la violencia interpersonal presentan un patrón similar.

    Sin embargo, la incertidumbre a lo largo de la vida fue «notablemente baja» entre 2008 y 2017 en la mayoría de los países del norte y el sur de Europa. Aunque Europa ha sido la región más pacífica durante este periodo, la invasión rusa de Ucrania afectará a esta situación.

    En los países de renta alta, la reducción de la mortalidad por cáncer ha contribuido recientemente a reducir la incertidumbre a lo largo de la vida. Pero, en las sociedades más violentas, la incertidumbre vitalicia la sufren incluso quienes no están directamente implicados en la violencia.

    Según el informe, «los ciclos pobreza-inseguridad-violencia amplifican los patrones estructurales preexistentes de desventaja para las mujeres y los desequilibrios fundamentales en las relaciones de género a edades tempranas. En algunos países latinoamericanos, los homicidios de mujeres han aumentado en las últimas décadas y la exposición a entornos violentos conlleva cargas sanitarias y sociales, especialmente para los niños y las mujeres», añade.

    La coautora del estudio, la profesora Ridhi Kashyap, del Centro Leverhulme, afirma que, «aunque los hombres son las principales víctimas directas de la violencia, las mujeres tienen más probabilidades de sufrir consecuencias no mortales en contextos violentos. Estos efectos indirectos de la violencia no deben ignorarse, ya que alimentan las desigualdades de género y pueden desencadenar otras formas de vulnerabilidad y causas de muerte», advierten.

    Según el informe, una menor esperanza de vida suele ir asociada a una mayor incertidumbre a lo largo de la vida. Además, vivir en una sociedad violenta genera vulnerabilidad e incertidumbre, y eso, a su vez, puede conducir a comportamientos más violentos.

    Los países con altos niveles de violencia experimentan niveles más bajos de esperanza de vida que los más pacíficos. «Estimamos una diferencia de unos 14 años en la esperanza de vida restante a los 10 años entre los países menos y más violentos… –escriben los investigadores–. En El Salvador, Honduras, Guatemala y Colombia, la diferencia en la esperanza de vida con los países de ingresos altos se explica predominantemente por el exceso de mortalidad debida a los homicidios».

    La coautora del estudio, Vanessa di Lego, del Centro Wittgenstein de Demografía y Capital Humano Global, comenta que «resulta sorprendente que la violencia por sí sola sea un factor determinante de las disparidades en la incertidumbre vital. Una cosa es cierta: la violencia global es una crisis de salud pública, con enormes implicaciones para la salud de la población, y no debe tomarse a la ligera», concluye.