Por Karina Cancino
México, 20 de junio.- El periodismo no es oficialismo, no es oposición, es periodismo y no funciona bajo la lógica de los partidos políticos porque el periodismo no es propaganda. Es periodismo. Es un fenómeno social dinámico, orgánico y vivo e influye en la comunidad y la construcción de ella. La capacidad crítica es su columna vertebral, por eso, las y los periodistas estamos obligadas a ejercitarla; porque también es parte de una condición humana y sobre ello, reiteradamente se cita a Kapuscinski, porque lo define como una forma de estar en el mundo, será que una forma de vida, no solo un acto de desarrollar técnicas para escribir bien.
Por eso, lo que sucedió hoy en la conferencia matutina presidencial, entre la periodista Reyna Haydeé Ramírez y la presidenta, Claudia Sheinbaum, llama la atención; porque la primera hizo lo que tenía que hacer: cuestionar. Preguntar es la principal herramienta del reporteo y la brújula que señala lo que permanece oculto en los actos de poder.
Preguntó a la presidenta cosas incómodas como el asunto de la renta del Castillo de Chapultepec, que no está mal, pero estaba encaminada a cuestionar el discurso-eslogan del movimiento oficialista que reza “primero los pobres”, que no coincide con la gala y la presencia y facilidad que ha tenido el gobierno con la FIFA, el más grande explotador, no solo de recursos sino de apropiación cultural, que usa el fútbol como arma propagandística, como un sistema de control ideológico, como empresa voraz.
Solo hay que tomar en cuenta que registró ante el IMPI, al menos 398 marcas, logotipos y elementos relacionados con su evento futbolístico. Los beneficiados de este comercio limitado son los de siempre, los grandes patrocinadores, las televisoras y medios de comunicación masiva que adquirieron derechos, la misma FIFA, ¿y los pobres?
Visto así, este show reproduce desigualdades, y aunque haya sido pactado desde sexenios anteriores, el verdadero poder hubiese podido frenar a este grupo de oligarcas…
Pero volvamos a Reyna Haydeé. Con su natural manera de preguntar, pidió una respuesta a la presidenta respecto a si también investigaría a las personas que se han movilizado desde varios estados a sus eventos oficiales en el Zócalo y otros lugares, tal como lo anunció para las madres buscadoras que de Jalisco que intentar llegar hasta el estadio Ciudad de México, y que la Secretaría de Gobernación anunció investigaciones para saber de dónde salió el dinero.
La presidenta se molestó, dijo que no caería en provocaciones, y dijo que “no son iguales” refiriéndose a los gobiernos priístas y panistas —que entre sus prácticas tenían la criminalización de sus opositores, el acarreo de personas simulando simpatías, la manipulación para conservar el poder y otras—.
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Luego, en redes sociales, las reacciones contra Reyna Haydée se dieron con violencias de distinto tipo. Algunas señalaron su “atrevimiento” por cuestionar y poner en duda la narrativa oficial; una defensa que parece una forma de piedad torcida que, en lugar de proteger o enfrentar el problema, termina desactivando la crítica.
En otros tiempos, quienes hoy integran Morena —incluidos algunos provenientes de otras fuerzas políticas—, cuando eran oposición, alentaban a preguntar y a exigir. Sostenían que criticar es un derecho, que se puede coincidir o no con quien ejerce el poder público y maneja recursos públicos, y que lo grave sería dejar de cuestionarlo; sin embargo, hoy eso lo leen como una amenaza directa a lo que podría entenderse como un imperio de cristal, con estructuras que se asumen sólidas, pero reaccionan con fragilidad ante la crítica.
Lo que sigue es observar con atención lo que viene para la periodista, porque su integridad puede estar en riesgo. El poder debe ser siempre objeto de cuestionamiento, no la gente; la crítica no es un ataque personal, sino una herramienta democrática para interpelar a quienes ejercen recursos públicos. Y es que el poder, aunque se vista de pueblo o lo repita en su discurso, no siempre actúa en función de los de abajo, y silenciar a una periodista no es un hecho aislado, es el inicio de la pedagogía del silencio.


