México de carne y hueso

 

Por: Yoisi Moguel

Es el México que me envuelve, me llena y mantiene mis raíces. Es el de mi infancia en las calles de Mérida, los parques donde la amistad crecía sin prisa, donde jugábamos básquetbol hasta las nueve de la noche.

El México de la escuela, donde todos salíamos de casa temprano, caminando juntos con las mochilas al hombro, mientras nuestros padres, desde lejos, nos decían adiós con la mano.

Crecimos libres, con la confianza y la seguridad de ir solos, pero también con la responsabilidad de llegar a tiempo, de no detenernos ni distraernos en el camino, de honrar cada paso con respeto a nuestros maestros, a la escuela, a lo que nos enseñaban y al lugar que nos formaba.

Sabíamos que, al llegar a casa, nuestras madres nos estarían esperando con la puerta abierta, la comida lista, la música en la radio y el corazón lleno.

Esa libertad tejida de confianza, responsabilidad, cariño y cuidado fue mi primera y más grande lección. Creció conmigo en mi juventud, primero en la Secundaria Educación y Patria, donde, bajo la dirección espiritual y el cuidado de las religiosas, comprendí que el saber se nutre también de fe, bondad y entrega a los demás.

Allí entendí que la formación está además de los libros, en los valores, en el respeto al prójimo y en la importancia de tratar a los demás como uno quisiera ser tratado.

Y después, en la Prepa Dos de la UADY, donde admiré la mente, la sabiduría y la dedicación de cada maestro que abrió ante mí las puertas del saber, aprendí que el conocimiento es un camino que nunca termina.

Cada etapa fue dejando en mí una enseñanza y una pregunta silenciosa sobre a dónde llegaría.

En mi madurez, todo se cimentó sobre esos mismos valores que mi familia me regaló: el respeto, cumplir cada promesa, la verdad siempre por delante, el amor a lo nuestro, la certeza de recibir lo que das y de obrar con la misma bondad que uno espera encontrar en los demás.

Esos valores, sembrados desde niña y cultivados en cada aula, bajo cada guía, son el suelo firme sobre el que hoy sostengo cada paso, cada encuentro, cada palabra.

Es el mismo México que respiro hoy al recorrer el país desde el periodismo, llevando conmigo la esencia de mi tierra y el esfuerzo diario de la gente, ese que no se detiene, que se levanta cada mañana con esperanza, que construye con sus manos y su corazón.

En cada recorrido, en cada historia y en cada rostro encuentro un México distinto, pero con la fuerza y el alma del que conocí desde niña, el que lucha, el que trabaja, el que espera, el que sueña y el que sigue adelante.

Llevo conmigo la lección de que todo lo grande se construye con raíces profundas y corazón abierto, y llevo en mí a ese México que escucho, que narro, que defiendo con mi voz y con mi pluma.

Es el que encuentro en sus calles, en sus escuelas, en sus comunidades y, sobre todo, en su gente.

Este es mi México, el que me formó, me sostiene y me hace ser quien soy.